lunes 30 de marzo de 2009

¿La legalización de las drogas como solución?


Uno de los temas que más intensamente se debaten en la actualidad en México, en Estados Unidos, especialmente en algunos estados de ese país que han legalizado los usos terapeúticos de la droga, en Canadá, así como en distintos países de Europa y América Latina, es el de las ventajas que supuestamente ofrece la legalización de las drogas "blandas."

No podemos olvidar, en este sentido, que en las postrimerías del gobierno de Vicente Fox, el Congreso de la Unión, se aprobaron leyes a escala federal que apuntaban justamente en la lógica de la despenalización y que, luego, algo similar ocurrió en la Asamblea del DF. En ambos casos se desandó el camino y las reformas en los ámbitos federal y local del DF no entraron en vigor.

El diez de febero de este año, el expresidente de México Ernesto Zedillo, por ejemplo, habló desde Brasil a favor de "un cambio en la política de control" de los estupefacientes. El Partido Social Demócrata de México, una formación de reciente creación, ha hecho de una propuesta similar uno de sus argumentos "fuertes" para la actual campaña electoral.

La idea que frecuentemente sustenta estas discusiones de política pública, es que en los hechos las políticas existentes en materia de manejo de adicciones son hipócritas en el mejor de los casos, brutalmente ineficaces y tienen costos muy elevados en términos tanto del número de efectivos de las fuerzas policiacas que deben dedicarse al combate del narcotráfico, como--sobre todo--al costo que en general tienen este tipo de políticas.

Se considera, en cambio, que es preferible optar por políticas que despenalicen no sólo el consumo personal de los estupefacientes, sino que también despenalicen la producción y la comercialización de las drogas.

Incluso este fin de semana próximo pasado, el tema de la legalización de la producción y distribución de la mariguana y sus derivados ocupó un lugar predominante en el encuentro que Barack Obama sostuvo con representantes de distintos grupos sociales por medio de la Internet.

El argumento dado al presidente de Estados Unidos, era que establecer impuestos sobre la comercialización de las drogas podría ayudar a la maltrecha hacienda pública estadunidense, exprimida al máximo por los distintos tipos de rescates que ha debido realizar en fechas recientes. Obama desestimó, con una risa inexplicablemente nerviosa, el argumento y se comprometió, así fuera de manera retórica, con la política que el gobierno de su país ha sostenido desde hace cerca de 80 años en materia de comercailización y producción de la mariguana y otros estupefacientes.

Casi siempre, quienes promueven la liberalización o legalización de la producción y el tráfico de la mariguana, presentan el caso de Holanda como el ejemplo a seguir y, con variaciones, se enfatiza el hecho que ese país ha logrado avances importantes, tanto en la prevención del consumo como en la reducción de la violencia asociada con el tráfico y el consumo de ese tipo de drogas. Además, se nos dice, reduce la sobrecarga de los sistemas de administración y procuración de justicia que, para bien o para mal, deben enfrentar a números crecientes de personas calificadas como delincuentes.

Sin embargo, el hecho es que Holanda vive en la actualidad una serie de muy intensos debates que dejan ver el rápido agotamiento de las políticas de liberalización de la producción, distribución y consumo de mariguana y otras drogas "blandas" como los hongos alucinógenos.

Los cambios que se observan en Holanda son generados, en buena medida, por el rechazo al llamado "turismo de drogas," que hace que distintas poblaciones de las fronteras de Holanda con Bélgica y Alemania reciban, en cualquier día de la semana, contingentes de más de doce mil personas (alemanes, belgas, franceses y de otras nacionalidades) interesados en consumir drogas en las "cafeterías" que cuentan con licencias. Estas licencias permiten que cada establecimiento tenga hasta medio kilo de la droga y pueden vender hasta cinco gramos de mariguana a cualquier cliente, mayor de 18 años, capaz de pagar las cuotas establecidas para ello.

Sin embargo, el hecho objetivo es que además de estos contingentes masivos de turistas, la población holandesa empezó a pagar un precio muy elevado. Por una parte, creció--aunque poco--el número de adictos, con las consecuencias inevitables que esa crecida tiene en los sistemas de salud y bienestar social; pero--sobre todo--creció la violencia relacionada con el tráfico de mariguana y especialmente con el tráfico de otras drogas que, aunque formalmente prohibidas, son comercializadas por los mismos grupos de criminales organizados globales que controlan el tráfico de la mariguana y otras drogas en otras naciones europeas.

A la reacciones de los alcaldes de estas pequeñas poblaciones de las fronteras holandesas rápidamente se unieron los alcaldes y cabildos de ciudades como Amsterdam y La Haya, que advertían no sólo situaciones similares, sino un creciente afianzamiento del peso y la influencia de las organizaciones criminales.

De ahí que, al observar la manera en que transcurre el debate a propósito de la legalización de las drogas en México sea inevitable preguntarse si efectivamente se han considerado las posibles consecuencias de una decisión de ese tipo y, sobre todo, preguntarse si efectivamente se han considerado los efectos que han tenido muchos años de desinterés de las leyes que, en materia de tráfico y consumo de estupefacientes, existen en México.

Por una parte, sería útil considerar--en primer término--que según la encuestadora Consulta Mitofsky, más del 70 por ciento de los mexicanos rechazan la posibilidad de que se despenalice
el consumo de las drogas.

Por la otra, sería necesario evaluar honesta y responsablemente la experiencia holandesa y admitir, como lo hizo reciéntemente (el 25 de noviembre de 2008) el influyente diario NRC Handelsblad, que la legalización en aquel país lejos de resolver los problemas que se pensó que iba a resolver creó nuevos y más graves problemas. Estos nuevos problemas han golpeado severamente la calidad de vida en un país que, para empezar, cuenta con un sistema de salud mucho más eficaz que el mexicano y que, además, cuenta con una tradición de respeto al Estado de Derecho mucho más sólida que el nuestro.

Pero incluso si esas muy importantes diferencias no fueran suficientes, sería necesario que, al analizar las posibles respuestas al problema del tráfico y el consumo de los estupefacientes, reconociéramos--como casi siempre ocurre en el ámbito del diseño de políticas públcas--que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones y que, por ello, no es sano pensar, luego de la experiencia holandesa, que en México las cosas van a mejorar porque se despenalice o legalice la producción de estupefacientes.

Lo que tendría que atenderse a la brevedad posible es remediar los problemas que objetivamente impiden que el desempeño de la economía mexicana sea mejor de lo que lo es en la actualidad. Muchos jóvenes que se convierten en peones de las redes del narcotráfico lo hacen porque objetivamente no hay oportunidades en sus lugares de origen.

Las opiniones vertidas en Atrio son de la exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan ni buscan reflejar los puntos de vista del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, sus socios y directivos, ni de las instituciones vinculadas con el IMDOSOC.

martes 17 de marzo de 2009

Tormentas tradicionalistas III


La semana pasada, el papa Benedicto XVI ofreció, de la manera más insospechada posible, por medio de una carta, una cátedra a quienes, por una u otra razón, hemos seguido el curso de la tormenta generada por las declaraciones del obispo Richard Williamson, uno de los dirigentes de la Sociedad de San Pío X (SSPX), el grupo creado originalmente por Mons. Marcel Lefebvre y que, en los últimos 21 años ha existido en los márgenes de la Iglesia católica.

Benedicto XVI lo hizo al dar a conocer una carta dirigida a los obispos católicos del mundo, de la que se empezó a hablar desde mediados de la semana pasada y cuyo contenido fue, finalmente, hecho público el viernes trece de marzo. En la carta, el Papa desarrolla una muy inteligente y muy mesurada reflexión de las reacciones a su decisión de readmitir en la comunión con Roma y consigo mismo a los cuatro obispos ordenados de manera cismática por Lefebvre y De Castro Neves.

Así, la cátedra que Benedicto XVI ofreció fue en varias materias. Por una parte, fue una lección de humildad pues lisa y llanamente, sin darle vueltas al asunto, sin refugiarse en ningún eufemismo aceptó que hubieron errores en el manejo de la situación. Esta actitud de Benedicto contrasta de manera tajante con la de muchas figuras públicas que consideran que aceptar que ellos o su subordinados cometen errores es el más grave error de todos.

Lejos de ello, Bendicto XVI acepta simple y llanamente la necesidad de considerar la información, el conocimiento que existe en la Internet y aprovecharla para mejorar el desempeño de la Iglesia en su conjunto. No hay, en ese sentido, la tentación a caer en el recurso fácil de la descalificación de todo lo que tenga que ver con la Internet.

A contrapelo de lo que vemos en muchos otros ámbitos de la vida pública, en los que la primera reacción de las figuras públicas es la de acusar a los medios de irresponsabilidad o de conducir campañas en contra de sus personas o de las instituciones en que trabajan, Benedicto XVI evitó con elegancia y lucidez el recurso simplón de decirse víctima de una conspiración de los medios de comunicación (como lo hicieron los miembros de la SSPX y como lo hacen muchos obispos y políticos en distintas partes del mundo).

Benedicto XVI reconoció que la Internet cambió las reglas del juego no sólo para otros actores sociales y políticos, sino para la Iglesia misma y, en ese sentido, reconoció la necesidad de que la Iglesia misma se ajuste a las nuevas realidades:

Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias.

En este sentido, lo primero que tendría que quedarnos claro a los católicos, más allá de la discusión con el tradicionalismo representado por la SSPX y su nostalgia de un pasado que sólo existe en las mentes de sus dirigentes, es que los medios son instrumentos y que en ese sentido, los resultados de nuestra interacción con ellos depende de todos los involucrados y no sólo de un centro único al que se le deba imputar toda la responsabilidad por los resultados.

A la lección de humildad de Benedicto XVI, se suma una lección de caridad, tanto para explicar su decisión de levantar la excomunión a los cuatro obispos ordenados por Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Neves sin el mandato de la Santa Sede, como para llamar a las distintas partes involucradas en esta amarga discusión a poner por encima de sus intereses, el mandamiento de amor recibido de Jesucristo.

Benedicto XVI no duda en señalar, en este sentido, los excesos tanto de la SSPX y sus miembros, como los de quienes en un exceso de celo lo criticaron acremente por tender la mano a los obispos de ls SSPX y buscar poner fin a un conflicto que ha lastimado durante más de 20 años a la Iglesia, pues el conflicto entre Lefebvre y la Santa Sede arranca, en los hechos, a finales de los sesenta. En este sentido, el Papa resume de manera diáfana el estado del problema en torno a la SSPX y a los pasos que será necesario tomar, dentro de la Iglesia, en el futuro:

No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.


El razonamiento de Benedicto XVI es de una consistencia demoledora. Quien quiera que siga con un mínimo de atención lo que él dice se sentirá sobrecogido no sólo por la consistencia de su razonamiento, sino también por su capacidad para encarnar en la vida diaria, en su realidad como cabeza visible de la Iglesia, el mandato de amor de Jesucristo:

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?


Ojala que todos en la Iglesia tomemos lo que nos corresponde de esta lección magistral de Benedicto XVI y la aprovechemos para nuestro beneficio.

Las opiniones vertidas en Atrio son de la exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan ni buscan reflejar los puntos de vista del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, sus socios y directivos, ni de las instituciones vinculadas con el IMDOSOC.

martes 10 de marzo de 2009

Política y creencias

Este domingo 8 de marzo, El Universal de la Ciudad de México publicó en su edición impresa y en su sitio de internet una nota breve pero que describe, desde su propia brevedad, el estado lamentable en el que se encuentra la política en México y, de manera más general, la erosión que vive la política en México.

En el material, Erik Viveros, corresponsal de ese diario en Veracruz, da cuenta del frenesí de activismo de figuras de distintos partidos políticos mexicanos que, llegado marzo, corren a contratar los servicios de los brujos de la región de Los Tuxtlas en esa entidad:

De Santiago Tuxtla a Catemaco operan más de 80 hechiceros, chamanes y curanderos, quienes ofertan sus servicios a los turistas, políticos, artistas y personas de diferentes segmentos sociales.

Todos los visitantes demandan “trabajos” o “amarres” para salir avante en sus relaciones sentimentales, suerte para el dinero, los negocios y, muy en especial, la política.

“Hemos tenido asistencia de políticos..., de políticos fuertes..., de empresarios, artistas, cantantes gruperos principalmente, gente del norte, y por eso tenemos mucho trabajo”, explicó el hechicero.

Pero además, los brujos entrevistados por el reportero ofrecen una explicación acerca de las razones profundas del éxito de sus servicios entre el resto de la población que los visita:

"La adoración a la santa muerte prolifera entre los grupos de narcotraficantes y delincuentes; pero a últimas fechas, es mayor el número de personas comunes y corrientes que, ante las dificultades económicas, se acercan a ella.

Por ello, “vemos que proliferan sus altares a la santa muerte en gran parte de la República mexicana”, agregó el brujo mayor de Catemaco."

En este sentido, las intuiciones que ofrece el "brujo mayor" no tienen desperdicio alguno y dejar ver tanto la pequeñez de la política en México, como los efectos que tienen situaciones como las que se viven en la actualidad en nuestro país en los sistemas de creencias de las personas.

Que los políticos se acerquen año con año, al iniciar el mes de marzo a Los Tuxtlas, con la expectativa de lograr de esa manera, con los llamados "amarres," lo que no son capaces de lograr con un mínimo de congruencia con las ideologías de sus partidos y de capacidad para atender los problemas que enfrenta el país.

Que nuestros políticos recurran a este tipo de artificios (y pocas veces esa palabra se usa con mayor precisión que en casos como este, evidencia no sólo la pobreza de los procesos de modernización y laicización de la vida pública en México, sino también el hecho objetivo que la política en México es aún, en buena medida, un asunto de pasiones, de fortuna y, en los peores casos, una empresa marcada por las pasiones más bajas y no por el más elemental espíritu de servicio a los otros.

Si en Estados Unidos o en algunos países europeos las discusiones en torno al papel que la religión y las creencias religiosas o espirituales deben desempeñar en el ámbito de la vida pública y, como resultado de ello, es posible ver distintos acomodos que redefinen las siempre cambiantes fronteras entre la religión y la política, entre lo público y lo privado, lo que vemos en México es un remedo de esos debates y, más bien, encontramos a los políticos preocupados por ocultar sus propias debilidades en creencias dignas de niños, de menores de edad.

Lo que emerge, en cambio, es la imagen de políticos menores de edad, obsesionados con condenar a las creencias al ámbito de la vida privada, incapaces de expresar sus convicciones de manera pública y, sobre todo, incapaces de hacerse responsables de sus actos. Después de todo, la diferencia fundamental entre las creencias que promueven estos personajes y el cristianismo estriba no en el uso de símbolos, pues--fruto del sincretismo religioso--es posible encontrar algunos de esos símbolos en sus rituales.

Radica, ante todo, en la manera en que el hombre define su relación con el universo y/o con lo divino. Las creencias de quienes acuden a este tipo de actos, son creencias infantiles, de quien cree que es posible resolver los grandes problemas de la convivencia humana en sociedades como la nuestra, al comprar la voluntad de uno o varios intermediarios de la divinidad con ritos elaborados pero vaciados de sentido y, sobre todo, carentes de una ética clara.

El cristianismo, al menos en principio, apunta a desarrollar una relación madura y responsable entre la persona y el universo y/o lo divino. El Dios del cristianismo, Dios todopoderoso, no necesita de complejos ritos que garanticen el favor de intermediarios a quienes se puede comprar. Necesita, en cambio, de un compromiso consciente y constante en la lógica de la construcción de mejores relaciones entre las personas, como en el caso de la doctrina social de la Iglesia.

Como sea, es importante que la Iglesia (y eso nos incluye, desde luego, a los laicos) comprenda que la responsabilidad de madurar la comprensión de las relaciones entre los ámbitos de lo religioso y lo político nos corresponde fundamentalmente a nosotros, y que--por ello--asumir que corresponde a alguien más dentro de la Iglesia hacer patente esta distinción fundamental entre los distintos tipos de creencias y evidenciar las ventajas de la concepción que el cristianismo tiene por sobre otras.

Las opiniones vertidas en Atrio son de la exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan ni buscan reflejar los puntos de vista del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, sus socios y directivos, ni de las instituciones vinculadas con el IMDOSOC.

lunes 2 de marzo de 2009

El peso de la razón


La última semana de febrero es, desde hace ya tres años, una ocasión dolorosa para las familias que perdieron padres, hermanos o hijos en la tragedia de la mina de Pasta de Conchos, ubicada cerca de Nueva Rosita, Coahuila, en febrero de 2006.

El 19 de febrero de ese año, cerca de las dos y media de la mañana, 65 mineros del tercer turno quedaron atrapados en uno de los túneles de la mina luego de que ocurriera una explosión a cerca de 500 metros de la superficie en un túnel horizontal de poco más de kilómetro y medio de extensión.

Cinco días después, el 24 de febrero de 2006, Grupo Minera México informó que suspendía la búsqueda de los posibles sobrevivientes o de los cuerpos de las víctimas pues, en opinión de sus técnicos, no existían las condiciones para continuar con las tareas de rescate.

Con motivo del tercer aniversario de esa tragedia, distintos medios de comunicación de la Ciudad de México dedicaron espacios o tiempos a explorar distintos aspectos de este hecho alentados, en buena medida, por la incertidumbre que rodea la situación jurídica del líder de los mineros, Napoleón Gómez Urrutia, y por la antipatía que generan las posiciones del Grupo Minero México, propiedad de Germán Larrea, ha sostenido a propósito de la muerte de los mineros.

Entre lo más importante de lo mucho que se publicó en la última semana de febrero en torno a este asunto destacan, sin lugar a dudas, las distintas intervenciones que tuvo el obispo de Saltillo, monseñor Raúl Vera López.

En todas y cada una de sus intervenciones, Vera evidenció no sólo la cercanía que tiene como pastor con los familiares de los deudos de Pasta de Conchos, sino—sobre todo—el compromiso que lo ha caracterizado en sus distintos encargos, primero como presbítero y miembro de la Orden de Predicadores de santo Domingo de Guzmán y, posteriormente, como obispo titular y coadjutor de distintas diócesis del país.

Monseñor Vera lo ha hecho así, por cierto, en un contexto sumamente adverso, en el que el apoyo de otros obispos mexicanos ha sido escaso o, por lo menos, no se ha manifestado públicamente o se ha confundido con alguno de los muchos debates relacionados, directa o indirectamente, con la tragedia de Pasta de Conchos.

Como sea, la voz de monseñor Vera es, en sí misma, sin importar si está sola o no, suficientemente poderosa y hay en ella tonos, variaciones, recuerdos, jirones, de las voces de otros obispos mexicanos y latinoamericanos que no han tenido empacho en alzar su voz en los momentos más difíciles.

Son jirones de las voces de monseñor Samuel Ruiz, con quien compartió la responsabilidad de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, de monseñor Carlos Talavera, de monseñor Sergio Méndez Arceo y de muchos más que, desde sus distintas sedes episcopales, no han tenido empacho en hacer ver los excesos que empresas, instituciones públicas y otros actores sociales, políticos o económicos cometen cuando tratan de hacer realidad sus objetivos.

Es una voz, desde luego, profundamente imbuida por los principios, por las intuiciones y por las advertencias de la doctrina social de la Iglesia contra acciones que ponen en peligro la dignidad y la vida misma de las personas.

En este sentido, el país entero tendría que verse en el espejo de Pasta de Conchos y no permitir que empresas abusivas actúen como lo ha hecho el Grupo Minera México, como lo han hecho los líderes del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos, como también lo han hecho las autoridades de los gobiernos federal y estatal de Coahuila que, lejos de ser los garantes de los derechos de los trabajadores y sus familiares, han convalidado los abusos cometidos contra esas personas, así como el desdén con el que se ha menospreciado el justo reclamo de los familiares para que se les entreguen los cuerpos de quienes murieron en la tragedia.

Esto es así porque, como lo hace ver don Raúl Vera, al conocerse más detalles de lo que ocurrió en Pasta de Conchos, quedaría claro que se dejó morir a los mineros, que no se les prestó la ayuda necesaria y debida y que, en este sentido, sufrieron una muerte terrible, inhumana, profundamente injusta e indebida.

Sin embargo, más que leer mis palabras, es mejor escuchar lo que el propio Raúl Vera López, obispo de Saltillo, dijo a Javier Solórzano de Radio 13 (1290 del AM en el Distrito Federal), cuando fue entrevistado con motivo del tercer aniversario de la tragedia de Pasta de Conchos.

Usted puede escuchar la entrevista haciendo clic aquí.

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martes 17 de febrero de 2009

Stephen Kim Sou-hwan, 1922-2009



Este lunes 16 de febrero, mientras a lo largo de todo el mundo crece y crece el número de personas que han perdido su empleo, en Seúl, Corea del Sur, el cardenal Stephen Kim Sou-hwan murió.

Más allá de que la muerte de cualquier persona, católico o no, laico o cardenal, merece atención y respeto, la del cardenal y arzobispo emérito de Seúl es particularmente interesante para el momento que vive la humanidad porque Sou-hwan fue una de las pocas, muy pocas voces, que se levantó contra la dictadura militar que, impuesta por el gobierno de Estados Unidos, controló los destinos de Corea del Sur desde mediados de los sesenta hasta finales de los ochenta.

Ello no sería interesante de destacar si no fuera porque, a diferencia de lo que ocurrió con las dictaduras promovidas por Estados Unidos en Filipinas y América Central y del Sur en ese mismo periodo, en el caso de la dictadura surcoreana estamos hablando de un modelo económico altamente eficaz que convirtió a su país en una de las principales potencias mundiales durante la última década del siglo XX y la primera del actual.

A pesar de ello, a pesar de los "buenos números" de la dictadura militar de Corea del Sur, el cardenal Kim Sou-hwan fue siempre la "voz que clama en el desierto," la voz que recordaba a los militares y a sus aliados en las grandes empresas estadunidenses y surcoreanas que, por encima de esos "buenos números" estaban la dignidad de las personas humanas y el conjunto de los derechos humanos.

No en balde, en más de una ocasión, durante las décadas de los setenta y ochenta, la catedral de Seúl se convirtió en el santurario protector de los disidentes que luchaban por hacer de Corea del Sur una democracia, y su titular, el cardenal Kim Sou-hwan, su más decidido defensor.

En más de una ocasión, en aquellos años turbulentos, el cardenal Kim Sou-hwan, imbuido por los principios y las intuiciones de la doctrina social de la Iglesia, alzó su voz y estuvo en la primera línea de la crítica a los excesos de los militares de su país y de la lucha por la plena democratización del más exitoso de los tigres asiáticos.

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Como con muchos de los presbíteros promovidos a la dignidad del episcopado por Pablo VI durante la década de los sesenta, el cardenal Kim Sou-hwan no dudaba en salir en salir de la sacristía a promover, de manera activa, con sus actos cotidianos, acciones que tradujeran en hechos concretos las convicciones del catolicismo en el ámbito de lo social y lo político.

No sólo eso. Consciente, como pocos, de los excesos que la paronoía producida por la Guerra Fría provocaba en su propia nación y en otros países, el cardenal Sou-hwan--el primer coreano creado cardenal en la historia de la Iglesia--no dudaba en romper con la lógica propia de la Guerra Fría.

Esta lógica, en más de una ocasión, justificaba en nombre de la lucha y el combate contra el comunismo cualquier exceso o violación de los derechos humanos de los gobiernos de las naciones aliadas de Estados Unidos que, a diferencia del gobierno estadunidense, en muchas ocasiones eran producto de golpes militares de Estado (como en Corea del Sur o Chile) o de fraudes electorales (como en Filipinas) que, tramposamente, trataban de construir la falsa legitimidad de un régimen democrático.

En este sentido, el cardenal Sou-hwan hizo de la educación cívica y política una parte integral de su ministerio como pastor de buena parte de los cerca de cinco millones de católicos coreanos, así como de los varios cientos de miles de católicos coreanos y descendientes de coreanos que viven en distintas ciudades de Estados Unidos y Canadá, a quienes hábilmente integró como parte de una estrategia muy amplia para desacreditar, en Estados Unidos mismo, a la dictadura militar sudcoreana.

Esto es más importante en contextos como los actuales en los que la doctrina social de la Iglesia debe enfrentarse, una vez más, a su primer y más importante adversario: el capitalismo.

No está por demás recordar que la Iglesia y, de manera más específica, la doctrina social, vivieron durante varios siglos en constante tensión tanto contra el capitalismo, por sus excesos y abusos de los más pobres, como contra el socialismo y el comunismo en sus distintas variedades, no sólo y no tanto por su carácter utópico a veces o ateo en otras ocasiones, sino porque ambos--en general--proponen soluciones que desconocen derechos fundamentales, además de que reniegan de la libertad.

Fue sólo después de la segunda Guerra Mundial cuando, dominados en buena medida por la paranoia anticomunista exportada a todo el mundo por el gobierno de Estados Unidos, que amplios sectores de la Iglesia privilegiaron la crítica a distintas variedades del socialismo por sobre la crítica a los excesos del capitalismo.

Sin embargo, en el caso del cardenal Kim Sou-hwan quedaba claro que la prosperidad que el capitalismo creado por la dictadura militar de su país no justificaba la violación cotidiana y sistemática de los derechos humanos y la negación de los derechos políticos básicos.

De ahí que se convirtiera en una de las voces críticas de la dictadura militar pro-estadunidense que gobernó Corea del Sur desde la década de los sesenta y hasta finales de los ochenta y que ahora que ha fallecido, representantes de los distintos partidos políticos sudcoreanos expresaran su sentir por la desaparición de un personaje fundamental para comprender la Corea del Sur de nuestros días y lo fue, por cierto, sin que el catolicismo sea en ese país una religión mayoritaria o masiva. Muy por el contrario.

En este sentido, el cardenal Kim Sou-hwan se encontraba en las antípodas de otro purpurado asiático, el cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan quien padeció los excesos de la dictadura prosoviética que, más o menos en el mismo periodo, dirigió los destinos de Vietnam, la otra nación asiática que se convirtió en uno de los escenarios privilegiados de la Guerra Fría.

Esto es algo que tenemos que considerar ahora que el capitalismo, dejado a sus propios impulsos, ha llevado a cientos de miles de personas en todo el mundo y a sus familias, a una situación que amenaza con socavar no sólo las bases del modelo de intercambios comerciales y financieros de la post-guerra fría creado por la Organización Mundial de Comercio, sino que amenaza con hacer inviables a naciones enteras.

Las opiniones vertidas en Atrio son de la exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan ni buscan reflejar los puntos de vista del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, sus socios y directivos, ni de las instituciones vinculadas con el IMDOSOC.

lunes 9 de febrero de 2009

Tormentas tradicionalistas II

Durante toda la semana pasada continuaron las tormentas provocadas por las declaraciones del obispo de la Sociedad de San Pío X (SSPX), Richard Williamson. Continuaron incluso después de que la Secretaría de Estado de la Santa Sede diera a conocer el comunicado en el que habla de la necesidad de que Williamson esclarezca de manera definitiva cuál es su posición en torno a si ocurrió o no el holocausto, es decir, el asesinato de aproximadamente seis millones de personas, no sólo judíos, sino gitanos y cualquier otra persona que calificara como “inferior” en las delirantes categorías raciales del III Reich.

Lejos de ello, el señor Williamson decidió refugiarse en el recurso, más bien falaz de “no recordar” y de pedirle a quienes trataban de entrevistarlo “tiempo para estudiar” lo que ocurrió en Europa entre 1936 y 1945. Así, lo que quedó claro, es que uno de los cuatro obispos que Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Mayer ordenaron de manera cismática en 1988, evitó la discusión de fondo de las declaraciones en las que negó que el holocausto, la así llamada Shoah, hubiera ocurrido.

El silencio de Williamson, sin embargo, sólo sirvió para atizar más el fuego de las declaraciones de distintos obispos, académicos y laicos católicos, así como el interés de diferentes medios de comunicación europeos indignados, todos ellos, por los alcances del negacionismo de Williamson.

En esta ocasión en Atrio de IMDOSOC se consideran algunas de las reacciones que han ocurrido en torno a este hecho que, no en balde, es causa de oprobio y preocupación por las implicaciones que podría tener para el futuro de la Iglesia católica en Europa y en el resto del mundo.

El Alemania, uno de los epicentros de las reacciones a lo dicho por Williamson, las declaraciones emitidas el miércoles cuatro de febrero por la Secretaría de Estado sirvieron para evitar que se volvieran a pedir aclaraciones del gobierno de ese país a Benedicto XVI quien, para bien o para mal, como Joseph Ratzinger, conservó la ciudadanía alemana, lo que lo hacía sujeto de las muy severas leyes que sobre el nacionalsocialismo y el negacionismo existen en ese país.

A pesar de ello, uno de los más influyentes medios de comunicación alemanes, Der Spiegel dedicó severas notas y críticas a Benedicto XVI a quien incluso le insinuó la necesidad de renunciar pues, a juicio de los editores de Der Spiegel, se encuentra alienado de la realidad que ocurre fuera de los muros de El Vaticano.

Der Spiegel fue capaz, además, de conseguir una entrevista por escrito por Williamson desde el seminario que dirige en Argentina. Es en esta entrevista, que distintos medios europeos reprodujeron traducida en sus respectivos idiomas, en la que Williamson habla de la necesidad de revisar las pruebas históricas de la existencia de las cámaras de gas y del holocausto en general.

No sólo eso, Der Spiegel incluyó, en sus ediciones en alemán e inglés de este fin de semana, una serie de declaraciones de distintos obispos y expertos en derecho canónico de universidades germanas que, en términos generales, insisten en la necesidad de excluir a Williamson de cualquier función pastoral.

Por ejemplo, Peter Krämer, profesor de derecho canónico en la Universidad de Tréveris (Trier), reconoce que el tema del negacionismo no corresponde al ámbito de la fe católica como tal, pero señala que “la Iglesia tiene la obligación de intervenir cuando se trata de las posiciones en torno a temas éticos o de problemas sociales, si es que se ha lastimado a personas. Este es el caso—consideró Krämer—de quienes niegan que el holocausto haya ocurrido.”

Algo similar expresó Mónica Herghelegiu, profesora de derecho canónico en la Universidad de Tubinga, quien pidió—además—que se expidiera una nueva excomunión contra Williamson, aunque ella consideró que la razón para ello debían ser sus posiciones en torno al Concilio Vaticano II.

En Francia, una nación con un pasado nazi y racista mucho menos obvio que el de Alemania pero igualmente presente, como lo acredita el peso electoral del Frente Nacional de Jean Marie LePen en algunas de las más recientes elecciones generales celebradas en ese país, las reacciones de los obispos, los laicos católicos y los medios de comunicación fueron igualmente importantes.

Durante el fin de semana, Le Monde, un diario que por lo regular ignora las noticias que tienen que ver con la religión y especialmente con la Iglesia católica, publicó la versión francesa de la entrevista de Williamson con Der Spiegel, así como una serie de materiales en los que daba cuenta de las reacciones en el seno del catolicismo francés a lo dicho por el obispo tradicionalista.

Una de las reacciones más notables es la que encabezó el semanario católico La Vie, que publicó en su más reciente edición un desplegado firmado por intelectuales católicos franceses preocupados por el alcance de la reincorporación de Williamson a la Iglesia y, sobre todo, por la posibilidad de que se le asigne alguna responsabilidad pastoral.

Para los intelectuales católicos, entre quienes destacan antiguos miembros del Consejo Pontificio para los Laicos como Catherine Soublin, además de una pléyade de profesores de distintas universidades de Francia y otros países del mundo, el problema principal de la manera en que se reintegró a la comunión a Williamson y a sus colegas de la SSPX, es que generó confusión y ambigüedad acerca de la posición de la Iglesia en torno al holocausto y en lo que hace a las relaciones de la Iglesia con las comunidades judías del mundo.

En este sentido, el desplegado en La Vie rechaza el que se abran las puertas de la Iglesia a los negacionistas, considera inaceptable esto en la medida que, a lo largo de medio siglo, “desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, la Iglesia ha tomado importantes medidas para arrepentirse por su vinculación con el antijudaísmo,” pues al actuar así la Iglesia “se encontró con sus raíces: Jesús, María y los discípulos—señala—fueron judíos.”

Agregan, que consideran lo dicho por Williamson como “un ataque personal a nuestra fe cristiana,” y estiman que “no puede tener un lugar en la Iglesia, sin un sincero y explícito arrepentimiento de sus posiciones.” Algo similar, por cierto, a lo que han pedido los obispos alemanes y austriacos en fechas recientes.

Finalmente, piden a Benedicto XVI que “condene claramente” lo dicho por Williamson pues esa será “la única manera para reparar el daño que esta situación ha generado a la Iglesia misma.”

En este mismo contexto, el sitio de Internet de la conferencia de obispos de Francia publicó declaraciones sobre este tema de 21 obispos franceses en lo individual (incluidos los cardenales André Vingt-Trois de París y Philippe Barbarin de Lyon), así como una declaración conjunta de los obispos de la provincia eclesiástica de Besançon.

En particular, el cardenal Vingt-Trois señala en sus declaraciones que lo dicho por Williamson es “moralmente inaceptable y escandaloso.” De igual modo, Vignt-Trois insiste en la necesidad de distinguir la decisión del Papa Benedicto XVI de levantar la excomunión de las posiciones de Williamson y de cualquier negacionista, al tiempo que llama a los miembros de la SSPX a demostrar qué tanto están dispuestos a hacer realidad su compromiso de “mantenerse católicos” y de “aceptar el primado de Pedro y sus prerrogativas.”

Actualización del 11 de febrero

Este martes 10, distintos medios de comunicación informaron sobre la súbita renuncia de Williamson a la rectoría del seminario Santo Tomás de Aquino en La Reja, provincia de Buenos Aires, Argentina. Las informaciones que se publican tanto en la prensa argentina como europea y de Estados Unidos son muy escasas y no queda claro desde cuándo se habría tomado esta decisión.

La bitácora del propio Williamson (aquí, en inglés) no dice cosa alguna sobre su renuncia o destitución (no se sabe qué fue), pero tiene vínculos indirectos con sitios en los que los miembros y simpatizantes de la SSPX no dudan en expresar su insatisfacción tanto con la salida de Williamson de La Reja, como--de manera más general--con la posición de la Iglesia.

Como es frecuente entre los grupos radicales, en estas organizaciones, hay una rápida interpretación de todo lo que ocurre a su alrededor en términos de una conspiración. Los primeros en ser señalados fueron los periodistas de la TV sueca que entrevistaron a Williamson (como si ellos le hubieran obligado a decir lo que dijo). En segundo lugar está la TV sueca misma que, a decir de los miembros y simpatizantes de la SSPX tenía la intención de "cazar" a
Williamson (de nuevo, como si ellos le hubieran obligado a decir lo que dijo).

No sólo eso, hay--como era de esperarse--reclamos de distinta intensidad entre los propios miembros de la SSPX. Por ejemplo, en el sitio en inglés True Restoration II (La verdadera restauración II), hay un material en el que el obispo Bernard Tissier de Mallerais de la propia SSPX elogia el libro Letters from Winona (Cartas desde Winona), que compila materiales dados a conocer previamente por Richard Williamson como rector del seminario de Winona de la SSPX.

En la misma página se comenta el texto de David Allen White sobre la vida de Lefebvre seguido de una larga comunicación del autor de True Restoration II sobre "El verdadero holocausto," en el que--una vez más--se minimiza la ignorancia tramposa de Williamson y quienes, como él, insisten en subestimar los alcances de las atrocidades cometidas por el régimen nacionalsocialista de Alemania entre 1936 y 1945.

El argumento central es tan viejo como el enojo de la SSPX con la Iglesia: insisten en no saber qué fue lo que en realidad ocurrió en Buchewald, Dachau, Auschwitz y otros campos de concentración, como si no bastaran los testimonios de los sobrevivientes y las muy abundantes pruebas que existen sobre lo ocurrido ahí y en otros lugares. Como sea, el autor de True Restoration II, un laico estadunidense llamado Stephen Heiner, se cuida de no negar abiertamente lo que ocurrió en esos campos de la muerte, pero cierra su apología de Williamson refiriéndose a una conversación que tuvo con Tissier de Mallerais en la que el director del seminario de Econne dice, textualmente:

I will say, one day the Church should erase this Council. She will not speak of it anymore. She must forget it. The Church will be wise if she forgets this council.

Que, según mi traducción, significa:

Yo diría, un día la Iglesia debe eliminar este Concilio. No hablará ya de él más. La Iglesia debe olvidarse de él. La Iglesia sería sabia si se olvida de este Concilio.

Lo que es un hecho, más allá de la intransigencia de personajes como Williamson y Tissier de Mallerais es que, a pesar de los problemas que se han generado, en los hechos este episodio ha servido para forzar a que la SSPX defina con mayor claridad los términos de su relación con la Iglesia y, de manera más general, ha servido para aislar a personajes como Williamson.

Las opiniones vertidas en Atrio son de la exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan ni buscan reflejar los puntos de vista del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, sus socios y directivos, ni de las instituciones vinculadas con el IMDOSOC.

martes 3 de febrero de 2009

Tormentas tradicionalistas

En fechas recientes, a la par de la información sobre los devastadores efectos de la crisis global que amenaza con convertirse en la peor de su tipo desde aquella de 1929, las páginas de Internet de distintos medios de comunicación del mundo se llenaron también con información sobre la decisión del Papa Benedicto XVI de levantar la excomunión que pesaba sobre algunos miembros de la Sociedad de San Pío X (SSPX) quienes fueron ordenados obispos en 1988, sin la autorización del entonces Papa Juan Pablo II.

Unas horas después, gracias a las dinámicas propias de la comunicación en nuestros días, las reacciones a esa decisión de Benedicto XVI se confundieron con las reacciones, más virulentas aún, al hecho que uno de esos personajes, recientemente reincorporados a la comunión con la Iglesia y el Santo Padre, se había distinguido—entre otras cosas—por promover una visión del mundo y de la historia reciente poco informada y obsesionada con teorías de conspiración.

Los cuatro personajes reincorporados a la comunión con el sucesor de Pedro son el actual superior de la SSPX, Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Alfonso del Galarreta y Richard Williamson. Todos ellos fueron consagrados como uno de los últimos actos públicos de las vidas de los ya fallecidos Marcel Lefebvre y Antonio de Castro Mayer, dirigentes de dos movimientos fundamentalistas en el seno de la Iglesia católica.

Marcel Lefebvre, el más conocido de los dos, creó ya en la década de los sesenta, la SSPX, organización de la que, andado el tiempo, se separarían grupos crecientemente radicales y fundamentalistas como la minúscula Sociedad de San Pío V y otros más que han llevado a sus conclusiones lógicas e inevitables muchos de los supuestos en los que Marcel Lefebvre “justificó” su decisión de operar lo que en los hechos, y a pesar de la reciente reincorporación, fue un cisma.

De Castro Mayer, creó en su diócesis de Campos, en Brasil, el movimiento Tradiçao (Tradición, no confundir con Tradición, Familia y Propiedad, otro movimiento brasileño mucho más radical) y, dadas sus diferencias con la Santa Sede, se acercó a Lefebvre para celebrar las ordenaciones de 1988 (y otras más), pero las diferencias con Tradiçao (que posteriormente cambió su nombra a Unión de san Juan María Vianney) se resolvieron más fácilmente, de manera que desde 2002 formaron la Administración Apostólica Personal de san Juan María Vianney (http://www.adapostolica.org/), que está limitada a la diócesis de Campos en Brasil y se encuentra, desde el 2002, en plena comunión con la Iglesia.

La situación con la SSPX ha sido diferente, no sólo cuentan con muchos más recursos que los que Tradiçao ha contado en cualquier momento de su historia, sino que desarrollaron estructuras mucho más organizadas y eficaces, montadas en una doble dinámica de desconfianza de lo que el Concilio Vaticano II y los papas Pablo VI y Juan Pablo II habían hecho a partir del legado del Concilio y de las incertidumbres que genera en cualquier persona la vida cotidiana, especialmente en tiempos como los que vivimos ahora.

Montados en esta doble lógica, los seguidores de Lefebvre lograron crear y mantener un movimiento limitado en número, con alcance en algunas de las regiones de influencia del catolicismo a escala global (Europa, América Latina y América del Norte) que, como ya se señaló, dio pie, por la propia naturaleza de sus planteamientos, a reacciones cada vez más radicales, como la de los miembros de la Sociedad de San Pío V y otros que llevan los planteamientos del lefebvrismo a una de sus posibles conclusiones lógicas, que es la del sedevacantismo, es decir, la idea según la cual la Santa Sede, desde la muerte de Juan XXIII está desierta, esta vacante y que quienes la han ocupado desde entonces (Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI), son impostores.

Es cierto que en fechas recientes, después de mucho trabajo de acercamiento—entre otros del entonces cardenal Joseph Ratzinger—la SSPX se cuida mucho de no permitir que se le vincule con quienes postulan el sedevacantismo, pero lo que es un hecho es que, si como ellos insinúan, los cambios traídos por el Concilio Vaticano II fueron un error, no tendríamos por qué detenernos en la crítica de la reforma litúrgica promovida por Pablo VI, sino que tendríamos que negar cualquier cambio y meter a la Iglesia en su conjunto en la congeladora del Concilio de Trento.

Atrio no es un espacio en el que primariamente me interese polemizar en torno a este u otros asuntos. Anteriormente, en el contexto de otras discusiones, publiqué en México desde fuera, varios materiales en los que discutí con el autor de otra bitácora sobre estos temas, creo que a quienes les interese este tema podría ayudarles revisar esos materiales en México desde fuera.

Lo que es un hecho que no conviene perder de vista es que el escándalo que siguió a la decisión de la Santa Sede de readmitir en la comunión con la Iglesia a los cuatro obispos ordenados por Lefebvre y Castro en 1988 (sin la autorización de la Santa Sede), nunca debió interpretarse como una restauración. En todo caso se les readmitió a la comunión con la Santa Sede.

El problema, me parece, es que desde el primer día prevalecieron en los medios de comunicación internacionales, especialmente en los de habla inglesa una interpretación pobre de la decisión de readmitir a los, hasta entonces, obispos cismáticos.

Fue así que, por ejemplo, The New York Times y muchos otros diarios de Estados Unidos, presentaron la nota en estos términos:

Pope reinstates four excommunicated bishops
VATICAN CITY — Pope Benedict XVI, reaching out to the far-right of the Roman Catholic Church, revoked the excommunications of four schismatic bishops on Saturday, including one whose comments denying the Holocaust have provoked outrage.
The decision provided fresh fuel for critics who charge that Benedict’s four-year-old papacy has increasingly moved in line with traditionalists who are hostile to the sweeping reforms of the Second Vatican Council in the 1960s that sought to create a more modern and open church.

Que, según mi traducción, dice:

El papa reinstala a cuatro obispos excomulgados
Ciudad del Vaticano—El papa Benedicto XVI, en un esfuerzo de acercamiento con la extrema derecha de la Iglesia católica, revocó este sábado (24 de junio) las excomuniones de cuatro obispos cismáticos, incluido uno cuyos comentarios de negación del holocausto han provocado enojo.
La decisión atizó las críticas de quienes acusan al papado de cuatro años de Benedicto de alinearse crecientemente con los tradicionalistas hostiles a las amplias reformas promovidas por el Concilio Vaticano segundo en la década de los sesenta que buscaban crear una iglesia más moderna y abierta.

El problema de fondo inicia desde el momento mismo que se habla de reinstalar. Reinstate en inglés, según el diccionario Merriam-Webster tendría que traducirse como (1) colocar de nuevo (en posesión o en una antigua posición) y (2) restaurar a un efectivo estado previo. En este sentido, es importante destacar—como lo hizo en fechas recientes el cardenal Christoph Schönborn quien, en una entrevista de TV con la cadena austriaca ORF ZIB 2, que no había ocurrido tal reinstalación.

En la entrevista, Schönborn introduce una distinción fundamental para comprender la decisión de Benedicto XVI. Esta distinción es entre “la intención del papa” de tender la mano a los miembros de la SSPX y la “política de información del Vaticano.”

La distinción es importante en la medida que Benedicto XVI, incluso antes de la tormenta mediática, no reinstaló a los, hasta entonces, obispos cismáticos, pues ellos nunca ejercieron cargos en la estructura de la Iglesia, más allá de haber sido presbíteros; simplemente los reintegró a la comunión con la Iglesia y con él mismo. No hubo una ratificación de su condición como obispos, ni se les otorgó el cuidado pastoral de una diócesis, ni queda claro qué papel tendrán, si lo tienen en una futura SSPX reintegrada a la comunión con Roma.

El problema de la SSPX, me parece, es que se encuentra ahora envalentonada, en una posición que parecería ser de fuerza, pues obviamente gustan de jugar el juego de las víctimas tanto de los medios de comunicación (que objetivamente fueron incapaces de comprender el alcance de la decisión de Benedicto XVI), como—sobre todo—el papel de víctimas de los “liberales” dentro de la Iglesia, a quienes culpan de todo lo malo que ha ocurrido en el mundo y en la Iglesia desde la celebración del Vaticano II.

Tanto así que, uno de sus obispos, Bernard Tissier de Mallerais declaró, el uno de febrero, al diario La Stampa de Italia que será la Santa Sede y no ellos quien cambie su posición en lo que hace al Concilio Vaticano II.

La situación, que nunca debió derivar en lo que actualmente es, amenaza con empeorar por varios factores. Por una parte, distintos grupos judíos en Europa y Estados Unidos, han expresado su enojo ante la situación. En este sentido, además de la ruptura de distintas formas de diálogo judeo-católico, hay quienes en el seno del gobierno de Israel tratan de aprovechar la situación para que el mundo se olvide de la guerra de agresión que recientemente lanzaron contra la franja de Gaza, al amenazar con romper relaciones con la Santa Sede.

Por la otra, grupos de católicos tradicionalistas, rápidamente quieren presentarse a sí mismos y al obispo negacionista Richard Williamson como víctimas de una conspiración internacional en su contra.

Williamson mismo dio pie a ello cuando emitió un comunicado, más bien hipócrita, en el que expresaba a Benedicto XVI su tristeza por la reacción de los medios, pero no por sus propias declaraciones tanto acerca del holocausto (el hecho que niega que las cámaras de gases de los campos de concentración nazis hayan servido para lo que todos sabemos que servían), como del número de personas que murieron (300 mil y no los seis millones que se calcula que murieron). Por si fuera poco, Williamson considera que los ataques del once de septiembre de 2001 fueron orquestado por el propio gobierno de Estados Unidos.

No sólo eso, el gobierno alemán ha intervenido presionado por el hecho que el negacionismo, es decir, negar que el holocausto ocurrió en Europa entre 1936 y 1945, es un delito y por el hecho que Benedicto XVI nunca renunció a su ciudadanía alemana, lo que lo haría potencialmente responsable por las afirmaciones que Williamson ha hecho y por las que pudiera hacer en el futuro a propósito de estos temas, pues formalmente Williamson es ahora un subordinado de Benedicto XVI.

Esto es más grave en el actual contexto alemán y europeo, porque épocas de crisis como las que vivimos en la actualidad son el caldo de cultivo ideal para la emergencia y/o consolidación de grupos nativistas (grupos que creen en la supremacía de los nacidos en un cierto lugar) y, de manera más general, para grupos que postulan algún tipo de supremacía étnica.

Es cierto, el problema ya no son los más bien minúsculos grupos de judíos que viven en territorio alemán, son—en cambio—los millones de personas que viven en distintos países de Europa. No está por demás recordar, por si fuera poco, que tanto en Alemania como en otros países de Europa en la actualidad hay un resurgimiento de grupos nazi-fascistas de distinto origen y que, en este sentido, la reacción de la canciller alemana Angela Merkel tiene que verse también desde la lógica de la política (y la legislación) interior alemana.

Finalmente, está la tormenta que objetivamente ocurre en el seno de la Iglesia, especialmente en Europa, en la actualidad. La tormenta tiene que ver con varios problemas no resueltos. Por una parte, luego del gesto de la Santa Sede de levantar la excomunión ¿qué harán, si es que lo hacen, los miembros de la SSPX para acercarse a Roma? ¿aceptarán en todos sus términos el Concilio Vaticano II? ¿Tratarán de “convertir a Roma,” como lo señaló Tissier de Mallerais? ¿de qué manera se ubicará en la estructura de la Iglesia a la SSPX? No sólo eso, ¿qué se hará, en particular, con el obispo Williamson?

Las próximas semanas serán el escenario en el que las respuestas a estas y otras preguntas se desplieguen. Lo que sería importante lograr es que este zafarrancho provocado por la ignorancia de la prensa comercial, pero también por la intransigencia y cerrazón del tradicionalismo lefebvrista, no lastime más la unidad de la Iglesia.

Actualización del 4 de febrero de 2009

Este miércoles, la Secretaría de Estado de la Santa Sede emitió un comunicado en el que señala, entre otras cosas:
Le posizioni di Mons. Williamson sulla Shoah sono assolutamente inaccettabili e fermamente rifiutate dal Santo Padre, come Egli stesso ha rimarcato il 28 gennaio scorso quando, riferendosi a quell’efferato genocidio, ha ribadito la Sua piena e indiscutibile solidarietà con i nostri Fratelli destinatari della Prima Alleanza, e ha affermato che la memoria di quel terribile genocidio deve indurre "l’umanità a riflettere sulla imprevedibile potenza del male quando conquista il cuore dell’uomo", aggiungendo che la Shoah resta "per tutti monito contro l’oblio, contro la negazione o il riduzionismo, perché la violenza fatta contro un solo essere umano è violenza contro tutti".
Il Vescovo Williamson, per una ammissione a funzioni episcopali nella Chiesa dovrà anche prendere in modo assolutamente inequivocabile e pubblico le distanze dalle sue posizioni riguardanti la Shoah, non conosciute dal Santo Padre nel momento della remissione della scomunica.

Que, según mi traducción, dice:
Las posiciones de mons. Williamson sobre la Shoah son absolutamente inaceptables y han sido firmemente rechazadas por el Santo Padre, como él mismo ha enfatizado el 28 de enero pasado cuando, al referirse a ese genocidio ha expresado su pena e indiscutible solidaridad con nuestros hermanos de la primera Alianza y ha afirmado que la memoria de aquel terrible genocidio debe llevar a "la humanidad a reflexionar sobre el imprevisible poder del mal cuando conquista el corazón del hombre," y agregó que la Shoah está ahí como un recuerdo "contra el olvido, contra la negación o el reduccionismo, porque la violencia dirigida contra un solo ser humano es violencia cometida contra todos."
El obispo Williamson, para ser admitido a la función episcopal en la Iglesia debere también tomar distancia de manera pública y absolutamente inequívoca de sus posiciones en torno a la Shoah, las cuales no eran conocidas por el Santo Padre en el momento en que se eliminó la excomunión. (Traducción no oficial de Rodolfo Soriano-Núñez).
Es claro que la iniciativa corresponde ahora a Williamson y/o a la SSPX.

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